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Groenlandia en subasta: Europa frente al nuevo orden

 




Subasta en el hielo: la agonía de una Europa sin alma



Por Abril Peña



Mientras la atención global se concentra en el ruido político que dejó la captura de Nicolás Maduro, en el extremo norte del planeta se ejecuta una jugada mucho más silenciosa y, quizá, más reveladora. Groenlandia no es un capricho inmobiliario de Donald Trump ni una extravagancia retórica: es la confirmación de que, en este 2026, la soberanía ha dejado de ser un principio innegociable para convertirse en un activo transable. 


Especialmente cuando quien negocia es la potencia que garantiza —o retira— la seguridad.
El mito del oso ruso: la excusa que ya no convence
Durante décadas, Europa ha vivido bajo la narrativa de una Rusia expansionista dispuesta a avanzar sin freno sobre el continente. Sin embargo, la realidad es menos épica y más incómoda. Vladimir Putin no aspira a conquistar París ni Madrid. Rusia no es una potencia con vocación hegemónica global; es una potencia que busca imponer condiciones en su entorno inmediato.
Sus verdaderas líneas rojas han estado siempre en el espacio postsoviético, allí donde percibe que su seguridad histórica se ve amenazada por una expansión constante de la OTAN hacia sus fronteras.
Esto no convierte a Rusia en un actor inocente ni pacífico. 


Moscú utiliza coerción, presión energética, desinformación y guerra híbrida cuando le resulta funcional. Pero reducir su comportamiento a un proyecto de dominación mundial ha sido una simplificación útil para Europa: una excusa cómoda para no asumir su propia debilidad estratégica y para seguir delegando su defensa en Washington.
Europa y la pereza estratégica
El miedo al “oso ruso” permitió a Europa acomodarse durante años bajo el paraguas estadounidense sin pagar el precio político, militar y económico de una autonomía real. La dependencia se volvió costumbre; la costumbre, identidad. Hoy, esa pereza estratégica se cobra factura.
Mientras varios gobiernos europeos siguen mirando hacia el Este esperando una amenaza que no se materializa en los términos que anuncian, por el Norte su principal aliado cuestiona, sin pudor, los títulos de propiedad de uno de sus miembros. Groenlandia desnuda una verdad incómoda: Europa no carece de recursos ni de población; carece de voluntad política común y de capacidad de disuasión propia. Conserva voz, pero ya no tiene fuerza para imponer consecuencias.



El caballo de Troya: ciudadanía a cambio de soberanía
La oferta de Trump de facilitar la nacionalidad estadounidense a los groenlandeses no es un gesto humanitario ni una ocurrencia electoral. Es una maniobra de presión económica y psicológica de enorme sofisticación.
Dinamarca administra la isla; Estados Unidos quiere poseerla. Y sabe que el punto débil no es jurídico, sino material.
Al poner sobre la mesa dólares, pasaportes y acceso al “sueño americano”, Trump introduce una lógica de mercado en un asunto que tradicionalmente pertenecía al derecho internacional. Es un plebiscito emocional: transformar a Dinamarca en el tutor distante y a Washington en el socio solvente. 


La soberanía no se arrebata con tanques, sino con incentivos. Es la ley de la oferta y la demanda aplicada a la geopolítica del siglo XXI.
¿Por qué Groenlandia? El mapa mental de Trump
Groenlandia no es simbólica; es funcional. En el universo mental de Donald Trump, la isla concentra todo lo que define poder real en el siglo XXI.
Desde el punto de vista militar, es una pieza clave para el control del Ártico, del flanco norte de Estados Unidos y de las rutas aéreas y misilísticas que conectan América con Eurasia. Desde el punto de vista económico, alberga minerales críticos —tierras raras, uranio y otros recursos estratégicos— indispensables para la defensa, la tecnología y la competencia directa con China.
A esto se suma un factor decisivo: el deshielo. El calentamiento global está abriendo rutas polares que redefinirán el comercio mundial. Controlar Groenlandia es anticiparse al mapa del futuro, no reaccionar al del pasado.
Trump no piensa en soberanía ni en historia; piensa en inventario, logística y ventaja comparativa. Por eso insiste en la propiedad. En su lógica, solo lo que se posee se defiende. Lo demás se pierde.
OTAN: cuando el enemigo está dentro
Lo más revelador de esta crisis no es la ambición estadounidense, sino la reacción europea. Resulta casi grotesco observar activos de la OTAN patrullando el Ártico para contener, no a Rusia, sino las pretensiones del principal sostén de la alianza.
El Artículo 5 jamás contempló un escenario en el que la amenaza proviniera del mismo actor que financia y lidera el sistema de defensa colectiva.
Europa protesta, emite comunicados y ensaya gestos simbólicos, pero no confronta. No por falta de argumentos legales, sino porque teme que, al hacerlo, el garante de su seguridad decida retirarse. La paradoja es brutal: una Europa que se proclama soberana, pero que no se siente capaz de defenderse sola.
La presión económica como arma abierta
En los días recientes, esa lógica de poder se ha vuelto explícita. Washington anunció la imposición de aranceles a varios países europeos, con el mensaje implícito de que la protección estadounidense no es gratuita. El relato que se intenta instalar es claro: Estados Unidos ha “subsididado” durante años la seguridad europea, mientras otros actores —China y Rusia— acechan el Ártico, y Dinamarca carecería de capacidad real para proteger Groenlandia.
La reacción no se hizo esperar. En Dinamarca y en la propia Groenlandia comenzaron a verse protestas masivas bajo una consigna inequívoca: la isla no está en venta. Pero las manifestaciones, por sí solas, no alteran el fondo del problema. El uso de la coerción económica para forzar decisiones soberanas confirma que el conflicto ha salido del terreno diplomático y ha entrado de lleno en la lógica de la presión directa.
El fin de los inquilinos
Trump ha sido lapidario: “No se defiende igual lo que alquilas que lo que es tuyo”. En su lógica, Dinamarca es apenas un inquilino menor sobre un territorio estratégicamente vital, rico en minerales críticos y rutas polares que el deshielo está volviendo accesibles. Y en el mundo que emerge, los inquilinos no deciden.
La tragedia de la Europa de 2026 no es solo la presión externa, sino su vaciamiento interno. Aferrada a diplomacias de salón y a un orden que ya no existe, se enfrenta a un sistema internacional que habla el lenguaje de la propiedad, la fuerza y el pragmatismo más crudo.
Groenlandia no es una anécdota: es una subasta. Y Europa, por ahora, ni siquiera parece dispuesta a levantar la mano para pujar.
El mapa se está reescribiendo sobre el hielo. Y la tinta no es ideológica ni moral. Es puro interés. Si lo conseguirá o no está por verse, pero que el andamiaje para intentarlo ya está montado, no deja lugar a dudas.

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